Recuerdo de...


"El libro enriquece igualmente la soledad y la compañía... La vida muere, los libros permanecen."

Los trabajos y los días. Obras completas IX, 296




Recuerdo de Alfonso Reyes

Carlos Fuentes


 
Alfonso Reyes vivía en una casita color mamey junto al Hotel Marik en Cuernavaca. Me invitaba a pasar temporadas con él y  como yo era adolescente y flojo sólo le acompañaba a partir de las once de la mañana, cuando Don Alfonso  se sentaba a florear a las muchachas que pasaban por la plaza que entonces lo era de laureles y no de cemento; no sé si el hombre cuadrado y rubicundo que se sentaba en la mesa de al lado era un cónsul británico aplastado por la cercanía del volcán, pero si Reyes, ante el espectáculo del mundo, citaba a Lope y a Garcilaso, nuestro vecino el bebedor de mezcal contestaba, sin mirarnos, con las stanzas más lúgubres de Marlowey John Donne. Luego íbamos al cine para darnos un baño de épica y sólo en la noche me empezaba a fregar Don Alfonso, a reclamarme mis ausencias, mis lagunas, ¿cómo es posible que no hayas leído a Laurence Sterne?, no has entendido bien a Stendhal, el mundo no empezó hace diez minutos.
Me irritaba; yo leía a contrapelo de sus enseñanzas, lo moderno, lo más estridente, sin entender que estaba aprendiendo su lección: no hay creación sin tradición, lo "nuevo" es una inflexión de la forma precedente, la novedad es siempre un trabajo sobre la tradición. Borges ha dicho de él que escribió la mejor prosa castellana de nuestro tiempo. A mí me enseñó que la cultura tenía una sonrisa: que la tradición intelectual del mundo entero era nuestra por derecho propio y que la literatura mexicana era importante por ser literatura y no por ser mexicana.
Un día me levanté muy temprano (o quizás llegué tarde de una parranda) y lo ví sentado a las cinco de la mañana, trabajando en su mesa rodeado de los olores renacientes del valle de Morelos. Parecía un elfo irlandés, de esos que fabrican de noche los zapatos mientras las familias duermen: parecía también un gnomo germánico, de esos que guardan los tesoros de los dioses en el fondo de los ríos profundos. Ahora escribía en silencio, no sonreía: su mundo en cierta forma, terminò un día luctuoso de febrero de 1913, aquí cerca, en el Zócalo y a caballo. La sonrisa de Reyes tenía ceniza en los labios y se llamaba el gran poema del exilio y la distancia frente a México, su historia y su lenguaje: la Ifigenia de Anáhuac, cruel:
 
 
Yo era otro, siendo el mismo:
Yo era el que quiere irse.
Volver es sollozar.
No estoy arrepentido del ancho mundo.
No soy yo quien vuelve.
Sino mis pies esclavos.

 


Alfonso Reyes: Homenaje Nacional, México: INBA, 1981, P. 35.
 



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